Quizás no habías oído su nombre, o apenas como una nota al pie en una clase de historia del arte, pero si te cuento que hace casi dos siglos, una joven francesa se plantó en un mundo de hombres, se puso pantalones, estudió caballos en la feria de bestias, abrió su propia finca con leones incluidos y conquistó la gloria pintando lo que le apasionaba… entonces apuesto a que su historia te va a encantar. Sea porque te fascina la novela romántica, o porque estás atenta/o a los pasos que las mujeres han dado para avanzar, la vida de Rosa Bonheur es un ramillete de inspiración, valentía, autenticidad… y sí, también amor, aunque no convencional.
1. Un comienzo que ya anuncia el plot
Nació el 16 de marzo de 1822 en Burdeos, Francia, hija primogénita de un padre pintor (Raymond Bonheur) y una madre profesora de piano (Sophie Marquis). Al morir su madre cuando Rosa tenía 11 años, la familia (no precisamente adinerada) se trasladó a París.
Y aquí viene lo jugoso: mientras las niñas de su época aprendían costura y «buenas maneras», Rosa decidió que su silla preferida era la del caballo, su cuaderno los bocetos de los animales, y su vestimenta, bueno… los pantalones. Desde pequeña rompía moldes. «A mi padre debo (…) mi gran y gloriosa ambición por el sexo al que orgullosamente pertenezco y cuya independencia defenderé hasta mi día final», escribió ella.
¿Te imaginas esa escena en un país que aún se pone de puntillas para que la mujer no pase de su lugar? Rosa dijo: «Me casé con el arte. Él es mi marido, mi mundo, mi sueño de vida, el aire que respiro».
Perfecto inicio para una novela romántica: chica con fuego interior, rodeada de tradición, dispuesta a saltar vallas. Sí, estamos ante una heroína real.
2. Caballos, mataderos y pantalones: el triángulo de lo posible
¿Y a qué dedicó ese fuego interior? A los animales. Pero no de forma cursi: los estudió de verdad. Entró en mataderos, granjas, mercadillos de caballos. Y es que quería que sus cuadros no solo se vieran vivos, sino que se sintieran vivos. Como si el caballo aplastara una herradura, como si el buey se girara al límite del lienzo. Según ella: «Para comprender a un caballo, debes ser tan obstinada como un caballo».
Y aquí viene un detalle delicioso: en la Francia de los 1850, que era aún estricta en roles de género, ella solicitó y obtuvo un permiso oficial para vestir pantalones. Sí, pantalones. Porque para moverse con libertad entre bestias, barro y escenografía masculina, necesitaba comodidad y funcionalidad. En 1852 (o 1857, según la fuente que he encontrado en Internet) se documenta que pidió ese permiso a la policía parisina.
Imagínala vestida con chaqueta suelta, pantalones, quizá fumando un cigarro (porque sí, también lo hacía) pintando un buey. Mientras las señoras de su época tejían encajes y obedecían normas sociales. Y ella pintaba monstruos de músculos, cuernos y vida.
Una escena ideal para una mujer que abandona el corsé físico y el social, busca su camino, se talla uno propio. Y qué decir cuando elige ese camino con pantalones. ¡Ah! queda fantástico como metáfora.
3. El éxito que llegó galopando y pintando
Llegamos al clímax: su gran obra, The Horse Fair (o «La feria de caballos») de 1853. Una tela monumental, de proporciones casi épicas: 2,4 × 4,9 m, con decenas de caballos al galope, conductores que gritan, público, vida.
Los críticos de entonces decían: «Pinta como un hombre». Y Rosa respondía (o se pensaba): «Pinto. Eso es todo». Un momento icónico: la mujer que rompe la regla con excelencia. Su obra fue comprada, reproducida, aclamada. En EE.UU., se encuentra en el The Metropolitan Museum of Art de Nueva York.
Además, en 1865 recibió la condecoración de la Légion d’Honneur (la primera mujer artista en hacerlo) de manos de la emperatriz Eugénie de Montijo. Momentazo: la institución más clásica reconociendo a una mujer, diferente, vestida a su aire, triunfante.
Este es el tipo de plot twist, vamos un giro inesperado de toda la vida, que en novela romántica nos hace suspirar: la heroína que triunfa, no solo en el amor, sino en su profesión, en su propósito. Y lo hace a su modo.
4. Amor, compañeras, pasión… a su manera
Porque no todo es pincel y tela. En la vida de Rosa también tenemos el ingrediente romántico y profundo que engancha: sus relaciones. Se sabe que vivió más de cuarenta años con la también pintora Nathalie Micas. De hecho, se conocieron cuando Rosa tenía solo 14.
Tras la muerte de Nathalie en 1889, Rosa, en sus 60 y tantos, inició una relación con la pintora norteamericana Anna Elizabeth Klumpke, 34 años más joven que ella. Pero olvida clichés: para Rosa aquello no era descenso, sino continuidad de afecto, de compañerismo y de absoluta libertad.
Eran dos mujeres artistas compartiendo taller, casa en un castillo (sí: adquirió un château en By, al lado de Fontainebleau), animales propios, vida sin marido, hijos y sin trampa social. Una versión de novela romántica que rompe con los géneros establecidos, pero que enamora por su autenticidad.
Un detalle curioso: en su testamento hizo a Anna su heredera universal. Me imagino a la familia toda rancia, y ella diciendo «esto me lo llevo yo». Y Anna, para preservar el legado, organizó una subasta, recompró lo que pudo, fundó una escuela para mujeres pintoras… legado puro.
Y sí, esto también es espíritu de progreso: el amor no solo romántico, sino libre. La pareja como compañeras, cómplices, creadoras. La mujer que desafía la heteronorma social para vivir como quiere. Todo un avance de y por la mujer.
5. Curiosidades deliciosas
- Su nombre verdadero fue Marie-Rosalie Bonheur.
- Su hermana Juliette, también fue pintora de animales.
- ¿Sabías que en su finca en el Château de By tenía… ¡leones!? Sí, leones. Porque le gustaba estudiar grandes fieras para pintar.
- Tenía perros, ciervos, mono, gacela, caballos… un zoológico particular.
- Fue atacada por un toro con unos cuernos impresionantes mientras lo pintaba. ¡Quizás fuese la primera torera del mundo! Creo que estaría en contra de esta tradición española si hoy día viviese.
- En su taller aún se conservan los zapatos de montar, la barba del animal taxidermizado, bocetos desperdigados… un lugar que parece sacado de una novela del siglo XIX de aventuras.
- ¿Ropa masculina? Sí. Y obtuvo un permiso oficial para ello. En una época en que las mujeres tenían, si acaso, el permiso de quedarse en casa.
- Le costó mucho aprender a leer. Para ayudarla a memorizar el alfabeto, su madre le propuso que eligiera un animal para cada letra y lo dibujara.
- Su estrategia de mercado: ella entendía que para vender hay que venderse. Reproducciones, exposiciones, licencia para vestir distinto, manejar su imagen. Ya en el siglo XIX.
Estos detalles rompen la solemnidad de la gran artista del siglo XIX y la humanizan. Y esa humanización es clave para una mujer real, con deseos, con contradicciones, con valor.
6. ¿Y qué hay para nosotras que amamos la novela romántica?
Muy mucho. Mira estos elementos que puedes destacar:
- La protagonista: Rosa. Fuerte, independiente, con pasión. Alejada del cliché de la mujer resignada.
- Los obstáculos: Las convenciones de género, la falta de acceso a academias de mujer, los prejuicios. Según fuentes, las mujeres ni tenían acceso a las escuelas oficiales de bellas artes.
- La transformación: Ella no acepta ser artista de segunda. Se sumerge en lo que los hombres hacían, y lo supera.
- El triunfo: Reconocimiento oficial, éxito internacional, independencia económica.
- El amor sin manual: Compañeras de vida, sin necesidad de seguir con lo tradicional.
- El legado: Abre puertas, demuestra que un genio no tiene género. Perfecto para lectoras que aman historias con heroínas reales.
Si te gustan las novelas con mujeres que rompen cadenas, que conquistan su libertad y que encuentran amor a su manera, Rosa Bonheur es un personaje de libro… pero fue real.
Y yo me pregunto: ¿qué habríamos escrito hoy de Rosa? ¿Una novela romántica ficticia basada en su vida? ¿Una serie? ¿O quizá un epílogo: «qué hubiese sido si…»?
7. Mensaje final: el arte como acto de amor (a ti misma)
Porque al final, el corazón de su historia es esto: encontrar lo que amas, dedicarle tu vida, y hacerlo sin pedir permiso o, al menos, consiguiendo el permiso que te corresponde. Si eres lectora de novela romántica, quizá estás acostumbrada a héroes que llegan a rescatar. En su caso, el «rescata» es ella misma. Y eso, amiga, es tan romántico, tan vibrante como tan potente.
Al acabar la lectura de tu novela favorita, cerrar el libro y pensar «yo también quiero ser como ella». Eso es lo que Rosa provocó y que puede seguir provocando.
Para despedirme, una frase de ella que me provoca querer ser más independiente y más libre. El arte es un tirano: exige corazón, cerebro, alma, cuerpo. Toda la entrega del votante. Nada menos ganará su favor.
Así que, estimada lectora, si alguna vez tuvieras que elegir una heroína de vida real para adorar, para imitar, o simplemente para conocer… que sea Rosa. Que se pintó a sí misma con coraje, pinceladas y pantalones en una época donde la mujer empezaba a alzar el puño, queriendo su lugar, luchando por los derechos igualitarios al de los hombres. Que seamos muchas más Rosa Bonheur. Ejemplo de coraje, libertad y en definitiva, buscar la propia felicidad. ¡Esto sí que es vivir!
Para este artículo me he basado en Wikipedia, Cosmopolitan y National Geographic, entre otros.
