Histeria femenina

marzo 16, 2026
12 min lectura

Imagina alguna de las protagonistas de Los Bridgerton en su cama, un médico con bigote impecable y gesto muy serio, la paciente tumbada en un diván y un diagnóstico que hoy nos haría arquear las cejas con incredulidad.

—Lo siento, señora —diría el doctor con tono grave—, padece usted histeria femenina.

Durante siglos, este diagnóstico fue sorprendentemente muy común. Ansiedad, tristeza, irritabilidad, nerviosismo, insomnio… En realidad, cualquier emoción femenina podía acabar bajo esa etiqueta. Y aquí viene lo curioso de verdad: el tratamiento médico consistía en provocar lo que los doctores llamaban «paroxismo histérico».

Traducido al lenguaje actual: un orgasmo.

Sí, aunque hoy nos parezca casi cómico, esta idea fue tomada completamente en serio durante la época victoriana. De hecho, para facilitar ese tratamiento nació uno de los inventos más curiosos de la historia de la sexualidad: el vibrador eléctrico. Pero la historia del placer femenino no empieza ahí. Ni mucho menos.

Para entender cómo llegamos a ese momento tan peculiar de la medicina, tenemos que viajar mucho más atrás en el tiempo, a civilizaciones donde el deseo, el cuerpo y el amor se entendían de maneras muy diferentes. Y donde, seamos sinceras, el placer de la mujer rara vez ocupaba el centro de la conversación.

Si hay una civilización antigua que no parecía escandalizarse demasiado con el sexo, esa fue el antiguo Egipto. Los egipcios tenían una visión bastante natural de la sexualidad. El erotismo aparecía en arte, mitología y literatura. Incluso algunos papiros conservados muestran escenas sexuales con un sentido del humor bastante evidente. Sin embargo, cuando hablamos del placer femenino, la historia se vuelve más difusa.

Sabemos que las mujeres egipcias tenían ciertos derechos sociales poco comunes para la época: podían poseer propiedades, divorciarse e incluso gestionar negocios. Pero eso no significa que el placer femenino fuese una prioridad en la vida matrimonial. La sexualidad estaba muy ligada a la fertilidad y a la continuidad familiar.

Algunos historiadores creen que existieron objetos de estimulación sexual rudimentarios, aunque las pruebas arqueológicas no siempre son concluyentes. Lo que sí parece claro es que el deseo femenino era reconocido… pero rara vez estudiado o comprendido. En otras palabras: sabían que existía, pero no se rompían demasiado la cabeza intentando descifrarlo.

La idea de la histeria no nació en el siglo XIX, sino hace milenios. En los papiros médicos (como el de Kahun, de hace casi 4.000 años), los egipcios creían que el útero era un órgano con «voluntad propia» que podía desplazarse por el cuerpo. (Sí, vamos… como una pelota que sube y baja).

  • La creencia: Si el útero se movía hacia arriba, presionaba otros órganos y causaba ansiedad o asfixia.
  • El tratamiento: No usaban vibradores ni masajes directos; utilizaban fumigaciones. Colocaban sustancias de olor agradable cerca de la pelvis para atraer al útero hacia abajo y sustancias fétidas cerca de la boca para repelerlo. Para ellos, era un problema de desplazamiento físico, no de «nerviosismo» sexual.

Si damos un salto a la Grecia clásica, la situación se vuelve todavía más curiosa. Filósofos como Platón y médicos como Hipócrates, tenían una teoría bastante peculiar sobre el cuerpo femenino. Creían que el útero podía desplazarse por el interior del cuerpo si la mujer no mantenía relaciones sexuales con regularidad. A este fenómeno lo llamaban «útero errante».

Según esta idea, ese movimiento del útero podía provocar síntomas como:

  • ansiedad
  • sofocos
  • irritabilidad
  • desmayos

La solución propuesta era sencilla: matrimonio y actividad sexual. Es paradójico que algunos médicos griegos pensaban que la mujer también debía experimentar placer para poder concebir (¡madre mía cómo estaba el patio!), una idea que desaparecería en muchas épocas posteriores.

En la práctica, sin embargo, el placer femenino no era el objetivo principal del encuentro amoroso. En las sociedades griega y romana, la sexualidad estaba marcada por las jerarquías sociales. El deseo masculino era el centro del relato; el femenino, algo más bien secundario o terciario, por no decir nulo.

¿Significa eso que los hombres ignoraban el placer de sus parejas?

No pero sí.

En textos eróticos romanos encontramos bromas, poemas y referencias al deseo femenino. Autores como Ovidio incluso escribieron manuales de seducción que sugerían prestar atención al disfrute de la amante (¡Ojo! ¡No de la esposa!).

Pero la realidad social era más compleja. En el matrimonio tradicional, el sexo tenía un objetivo claro: tener hijos. El placer era… un extra opcional.

Con la llegada de la Edad Media europea, la conversación sobre el sexo cambió de forma drástica. La moral religiosa dominaba gran parte de la vida social, y el acto sexual comenzó a interpretarse principalmente como un medio para la reproducción. El placer, en especial el femenino, empezó a verse con cierta desconfianza.

Muchos textos religiosos advertían sobre los peligros de la lujuria. La mujer deseante podía ser considerada peligrosa, tentadora o moralmente débil. Aun así, la historia nunca es tan simple como parece.

Algunos médicos medievales heredaron teorías antiguas que afirmaban que el orgasmo femenino podía facilitar la concepción. De modo que, incluso dentro de una cultura muy restrictiva, existía cierta conciencia de que el placer femenino formaba parte del proceso reproductivo.

Eso sí, hablar sin tabú de ello no era lo habitual. En el imaginario medieval, la mujer virtuosa debía ser recatada, moderada y poco interesada en el sexo. Y cuando la realidad no encajaba con ese ideal… aparecían las explicaciones médicas más peculiares.

Con el Renacimiento llegó un renovado interés por la anatomía humana. Los médicos empezaron a estudiar el cuerpo con mayor detalle, y el conocimiento científico avanzó con mucha lentitud. Sin embargo, la sexualidad femenina seguía siendo un terreno lleno de contradicciones.

Por un lado, algunos tratados médicos describían con precisión el cuerpo femenino. Por otro, la moral social continuaba colocando el deseo femenino en una posición incómoda. La mujer debía ser muy comedida, virtuosa, discreta y, a ser posible, poco apasionada. En ese contexto histórico, cualquier comportamiento que pareciera excesivamente emocional podía interpretarse como un problema médico.

Y así llegamos, poco a poco, al siglo XIX y a uno de los diagnósticos más curiosos de toda la historia de la medicina.

La Inglaterra victoriana es famosa por su rigidez moral. El sexo era un tema que apenas se mencionaba en público, pero que es curioso porque ocupaba bastante espacio en la medicina de la época. El diagnóstico de histeria femenina se volvió extremadamente popular. Los síntomas eran tan amplios que, de hecho, cualquier mujer podía encajar en la categoría:

  • ansiedad
  • melancolía
  • irritabilidad
  • insomnio
  • nerviosismo
  • cambios de humor

Si hoy esa lista te parece más cercana a un mal día que a una enfermedad, no eres la única. El nombre «histeria» procede del griego hystera, que significa útero, lo que refleja la antigua creencia de que muchos problemas femeninos estaban relacionados con ese órgano.

Y aquí aparece el tratamiento más curioso de todos.

Algunos médicos del siglo XIX practicaban un método terapéutico conocido como masaje pélvico. El objetivo era provocar lo que llamaban «paroxismo histérico», un estado de liberación que calmaba temporalmente los síntomas de la paciente.

Hoy sabemos a la perfección de qué se trataba.

¡¡UN ORGASMO!!

Pero en aquel momento no se consideraba un acto sexual, sino un procedimiento médico. Los médicos lo realizaban… con sus manos, hasta que empezaron a surgir ciertos inconvenientes evidentes. El tratamiento era largo, físicamente cansado para el médico y bastante repetitivo. Y como tantas veces en la historia de la humanidad, la tecnología apareció para solucionar el problema.

En la década de 1880, Joseph Mortimer Granville, un médico harto de las agujetas en las manos, decidió que tenía que haber una forma más rápida de provocar el dichoso «paroxismo». Inventó el primer vibrador electromecánico para facilitar este tratamiento. Era un aparato enorme, ruidoso y pesado, pero hacía en cinco minutos lo que al doctor le costaba una hora. ¡Pobres médicos! Terminaban con unas tendinitis espantosas de tanto «curar» a sus pacientes.

Lo más curioso es que estos aparatos aparecieron antes que muchos electrodomésticos que hoy consideramos básicos, como la aspiradora o la plancha eléctrica.

Durante las primeras décadas del siglo XX se vendían incluso en catálogos domésticos como aparatos de bienestar y relajación. De verdad que es para reventar, ¿o no?

Los anuncios prometían cosas como:

  • mejorar la circulación
  • aliviar la fatiga
  • revitalizar el cuerpo

Nunca mencionaban explícitamente el orgasmo.

Pero, seamos sinceras, muchas consumidoras con toda probabilidad entendían a la perfección su verdadero uso. Con el tiempo, la relación entre estos aparatos y el placer femenino se volvió demasiado evidente como para seguir ocultándola bajo términos médicos.

¿Qué pasó entonces? ¿Por qué se volvieron tabú? La respuesta tiene nombre propio: el cine porno y Freud.

A principios de este siglo, los vibradores empezaron a aparecer en las primeras películas eróticas clandestinas. De repente, el velo médico se rompió. La gente se dio cuenta de que aquello no era para curar los nervios, sino que… ¡caramba, era divertido!

En ese momento, los médicos dejaron de recetarlos por miedo a ser tachados de inmorales, y el vibrador pasó de ser un «milagro de la ciencia» a un objeto prohibido que se vendía por catálogo bajo nombres eufemísticos.

Durante gran parte de este siglo, los vibradores desaparecieron de los anuncios respetables y pasaron a venderse en canales más discretos. La conversación sobre el placer femenino volvió a esconderse hasta que llegó la revolución sexual de los años sesenta y setenta.

Los movimientos feministas comenzaron a reivindicar algo que hoy parece obvio: el derecho de las mujeres a conocer su propio cuerpo y a disfrutar de su sexualidad. El vibrador dejó de ser un instrumento médico extraño para convertirse en algo mucho más simple: una herramienta de autoconocimiento.

Entonces… ¿a los hombres les importaba el placer de la mujer? La respuesta corta sería: a veces sí, pero no siempre.

A lo largo de la historia encontramos de todo. Algunos textos antiguos reconocen la importancia del placer femenino para la concepción. Otros lo ignoran por completo. En muchas sociedades, el sexo dentro del matrimonio tenía un objetivo claro: la reproducción.

El deseo masculino era el protagonista de la narrativa cultural. El femenino, en cambio, quedaba muchas veces en segundo plano o se interpretaba como un misterio difícil de explicar. Sin embargo, la historia también está llena de excepciones: amantes apasionados, poemas eróticos, manuales de seducción y relatos que celebraban el deseo compartido. La realidad humana siempre ha sido mucho más compleja que las normas sociales de cada época.

Mirar atrás puede resultar divertido, incluso absurdo en algunos momentos: médicos convencidos de que el útero paseaba por el cuerpo, tratamientos clínicos que terminaban en orgasmos terapéuticos o aparatos eléctricos inventados para aliviar el cansancio de los doctores. Pero detrás de todo eso hay una lección interesante. Durante siglos, la sociedad intentó explicar el cuerpo femenino con teorías complicadas, diagnósticos extraños y soluciones médicas sorprendentes.

Y al final, la respuesta era mucho más simple. El placer femenino no era una enfermedad. No era un misterio médico. No era un problema que necesitara tratamiento. Era, simplemente, parte natural de la experiencia humana.

Y quizá esa sea la ironía más deliciosa de toda esta historia: un invento creado para tratar una supuesta enfermedad terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más claros de la libertad sexual femenina.

No está nada mal para un aparato que, según los médicos victorianos, solo servía para «calmar los nervios».

Como lectoras de novela romántica, nos encanta ver cómo evoluciona el deseo. Conocer esta historia nos hace valorar mucho más nuestra libertad. Aquellas mujeres victorianas no estaban locas ni enfermas; simplemente tenían deseos que la sociedad no sabía cómo gestionar si no era bajo una etiqueta médica.

Hoy, cuando escribimos o leemos sobre el placer en nuestras novelas, estamos honrando a todas esas antepasadas que tuvieron que fingir un «paroxismo histérico» para poder sentir un poco de chispa en sus vidas. ¿Te ha sorprendido descubrir que el vibrador llegó a las casas antes que la plancha eléctrica? ¿Crees que el duque de tu novela favorita sería capaz de entender la «histeria» o preferiría el método tradicional? Te lo dejo a tu criterio y, si quieres, házmelo saber 😉.